Crónicas de un viaje esperado

Estas líneas están dedicadas a Patricia y a Victor.

Viajar, ¡ay viajar!; es definitivamente una excitante forma de vivir y mucho más placentero si se hace en familia.

Llevábamos 15 meses sin ver a Patricia y más de dos años sin ver a Victor. Ellos hicieron todos los arreglos para encontrarnos en Miami. Elaboraron un plan detallado, muy propio de la forma como estos chicos hacen todo. Compraron los boletos por la aerolínea American Airlines para el 26 de marzo con retorno el 9 de abril. Todo lucía en perfecto orden, pero como solía comentar un antiguo profesor “los planes no son perfectos porque el mundo no lo es”.

Para nuestro permanente asombro, Venezuela es la tierra de las sorpresas. Las noticias se generan y actualizan a velocidad de vértigos. Estalló una gran crisis eléctrica, la nación entró en un auténtico blackout por más de 72 horas en la Capital. En el interior de la república la situación fue aún peor. No se sabía si por esta razón o por la inminente alarma del cambio político American Airlines suspendió sus vuelos desde y hacia Caracas. A pesar de esta resolución, la aerolínea aseguraba que nuestro vuelo del 26 de marzo estaba confirmado. Eso no nos daba total tranquilidad, por el contrario  continuábamos aturdidos, evaluando un plan alterno. Decidimos mantenernos atentos, observando los acontecimientos y dispuestos a hacer ajustes de última hora. Afortunadamente teníamos cierta flexibilidad para mover las fechas y la mejor disposición para tomar rutas alternas. Dámaris decía si tengo que cruzar una trocha, para verlos y abrazarlos, lo haré.

En nuestro seguimiento diario hasta el sábado en la noche del 23 de marzo la aerolínea aseguraba la vigencia de nuestro itinerario. El domingo 24 de marzo, la situación cambió; a las 7:00 a. m. Dámaris me despertó con el bombazo de  que el vuelo había sido cancelado. Tuvimos que correr, para buscar un plan alterno. Gracias a la diligente, experta y especial dedicación de mí querida sobrina Vicky, de su esposo Adolfo y de la agencia de viajes de ellos “Kapui Wan”; conseguimos hacer un nuevo arreglo. La ruta nueva fue partiendo un día antes y regresando un día después con otra aerolínea. La verdad es que el apoyo de Vicky fue decisivo para cumplir este sueño, por eso le estamos sinceramente agradecidos.

En Venezuela uno se puede morir de cualquier cosa menos de aburrimiento. Así que, el día de nuestra salida, partimos con sobrado tiempo para el aeropuerto de Maiquetía. Llegamos a las 10:00 a. m. y el vuelo debía zarpar a las 3:30 p. m. Nos registramos en taquilla y pasamos al área de abordaje, nos pidieron estar en la puerta de embarque a la 1:30 p. m. y allí estábamos a la espera desde mucho antes. Aproximadamente a la 1:00 p. m. se interrumpió el servicio eléctrico y se encendieron unas escuálidas luces de emergencia. Se nota la devastación que vive el país. Ni siquiera existen plantas de emergencia para atender estas continencias, las cuales ya se han hecho habituales. Es un verdadero desastre y da mucha rabia y tristeza afrontar esta increíble realidad.

La aventura de lo desconocido continuaba y reinaba la incertidumbre por si saldría o no el vuelo. La desinformación revelaba que no hay estructura de mandos, ni procesos en este recinto; por lo cual el caos se imponía. Comenzaron los cuentos, pseudo oficiales, que nadie creyó; lo hacían para ganar tiempo y tratar de controlar la ansiedad de los usuarios del servicio. Luego de 4 horas de retraso, a las 7:30 p. m. abordamos el avión. Desde la ventanilla de la aeronave pudimos ver la funesta oscuridad reinante en Maiquetía y también fuimos testigos del restablecimiento del fluido eléctrico, minutos antes de alzar vuelo. Aún no partíamos, la lentitud continuaba; aproximadamente una hora después emprendimos la travesía. Hasta aquí llegó el inquietante episodio de la salida, la cual estuvo signada por la ansiedad.

Comenzó, entonces, la mejor parte de estas sabrosas vacaciones. Esa por la cual estábamos decididos a aguantar cualquier obstáculo. Al día siguiente de nuestra llegada a Miami, el 26 de marzo a las 10:30 p. m. arribó  el vuelo de Patricia y Victor procedente de Londres. Fue una sensación muy intensa poder abrazarlos después de tanto tiempo. Tomamos carretera hasta Orlando y en el camino en plena madrugada hicimos escala en la carretera para tomar el desayuno, por cierto nada ortodoxo. Dámaris nos comentó, a Victor, a Patricia y a este servidor, como ustedes pueden comer tanto a esta hora de la noche. Eso de comer sabroso fue uno de los inmejorables hitos de este histórico reencuentro. Victor es un excelso cocinero y además tiene un destacado tino para seleccionar excelentes lugares donde degustar.

Llegamos al sitio en la cual nos alojamos durante esta estadía y descansamos unas pocas horas. Luego del breve y reparador sueño nos alistamos para emprender, con total disposición, el programa de Victor y Patricia. Ellos se habían esmerado minuciosamente para planear toda la estadía. Realmente estábamos convencidos de que la pasaríamos genial los próximos días. Para Dámaris y para mí era más que suficiente la oportunidad de compartir en familia. El poder verlos, contarnos cosas, reírnos juntos; todos esos detalles estaban en nuestros anhelos. Teníamos un arsenal de emociones maceradas como para disfrutar las veladas por venir.

Estas fueron unas vacaciones de ensueño, restauradoras y llenas de vital energía. Cada día transcurrido lo vivimos con entusiasmo y con poderosa fuerza que nos recargó el alma. Carcajeamos mucho, nos regalamos entretenidas caminatas, nos relajamos y hasta nos atrevimos a retar nuestros miedos en algunos parques; en honor a la verdad en esto último Victor y Patricia nos sacaron magistral ventaja. En todo caso, Dámaris y quien escribe fuimos parte del equipo para animar a cumplir los retos propuestos.

Sobre todo Victor estuvo determinado a someterse a todas las formas de tortura rusa, perdón quise decir montañas rusa. Y mira que cumplió con su objetivo. Además logró que Dámaris y yo nos encaramáramos en algunos toboganes locos del parque Acuática. Esos artefactos sacuden las sensaciones y perturban las referencias de espacio, luz, sonido, aromas y tiempo. Cada micro viaje, por esos toboganes, comienza con la escalada de largas y empinadas escaleras premonitoras de lo que a uno le espera. Mientras se sube, se piensa: ay mamá que necesidad tengo yo de este sufrimiento. Ya en el tope de esas extrañas cosas no hay vuelta atrás. La odisea se hace inexorable. Si te arrepientes y pretendes regresar te expones a la burla de quienes están en la fila. Llegado tu turno, te ubicas en  la salida, esperas la luz verde y seguidamente te deslizas a gran velocidad a través de esos insólitos aparatos. En realidad cada trayecto dura pocos segundos; pero la intensidad y la incertidumbre lo hacen parecer una eternidad.

En este viaje fuimos sometidos a interesantes pruebas. Hasta pude aguantar de manera estoica las interminables pasadas por variados outlets y malls. Caso especial fueron las tiendas Ross. Creo que visitamos todas las de Orlando, Kissimmee y zonas aledañas, además de un par de ellas en Miami; hasta me aprendí la distribución de sus departamentos. Sospecho que alguna vaina me deben haber inoculado para evitar mis consecuentes, quejas cada vez que mi esposa e hijas me someten a esos extraños paseos de compras.

Como no podía faltar me di una caída con vueltas incluidas y Patricia y Dámaris sólo se rieron, que malas son esas chicas. Patricia, vio a su madre y bromeó exclamando con un sonoro acento “he needs some milk”

Se terminó el viaje y llegó la hora del abrazo de despedida. Recordé una canción de unos comics que decía: lástima que terminó el festival de hoy…

El regreso a casa fue excelente: sin ningún contratiempo. Llegamos bañados de una satisfactoria energía y disfrutando por todos esos ratos vividos. Nos hemos dedicado a compartir nuestros gratos momentos con Jackeline, con su esposo Leo y con David contándoles estos sabrosos relatos.

Dámaris y Cosme

13 de abril de 2019

@cosmerojas3

Crónicas de un viaje esperado

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